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«Morir para dar fruto, para esto he venido.» Cuaresma y Misión: quinto domingo

Espacio misionero diocesano de la Iglesia católica de Cádiz y Ceuta

«Morir para dar fruto, para esto he venido.» Cuaresma y Misión: quinto domingo

Amar a Dios y por él a los hombres nos da la felicidad en la vida. El amor a Dios sumado con la cruz de Cisto para amar a los hombres nos de la felicidad en la vida

La misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar” dice el papa Francisco en el Mensaje para la Cuaresma 2015. 

Porque la misión es, como Jesús nos dice en la lectura del evangelio de este domingo, enterrarse la semilla y morir para que pueda germinar y crecer la espiga.

¡Queremos ver a Jesús!” sigue siendo la petición, muchas veces angustiada, que muchas personas y pueblos hacen a la Iglesia. Porque, efectivamente, “la Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8)”, dice el papa Francisco en el Mensaje. Los cristianos y la Iglesia han recibido ese cometido de acercar el mensaje de Jesús a todos los hombres, sin distinción de lengua, de nación, de cultura, de raza… Dios ha puesto en nuestras manos un tesoro, la buena noticia del evangelio, para que lo demos a los demás; no es un privilegio exclusivo nuestro de uso y disfrute particular, sino un don universal para toda la humanidad: “Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad”.
El evangelio del Reino de Dios está sembrado en el corazón de las personas y de los pueblos. La semilla ya está plantada y ahora toca hacer que germine y que fructifique. Para ello hacen falta evangelizadores que estén dispuestos -ellos mismos- a sembrarse, a dejar su vida en el surco, a regar la semilla del evangelio con el sudor de su esfuerzo, con lágrimas e incluso -como sucede a menudo- con la propia sangre. Es lo que Jesús ha hecho por nosotros y es la tarea que le incumbe a todo cristiano y a toda la Iglesia.
Ante la indiferencia que atenaza el corazón de las personas en nuestra sociedad y en nuestra cultura, Jesús nos invita a abrir el corazón y a reconocer el deseo que hay de conocerle, las semillas del reino de Dios que están plantadas. El Papa nos dice que “podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó”. Si reconocemos la presencia del Señor en cada uno de ellos, la misión sólo puede ser “el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre”. Jesús se ha sembrado en cada corazón y a nosotros nos toca hacer que con nuestra propia entrega esa semilla fructifique: conducir toda realidad humana hacia el fin a que Dios nos ha destinado: “El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo premiará”.
El que se ama a sí mismo se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este, mundo se guardará para la vida eterna”. Los misioneros y misioneras han entregado su vida por Jesús y por el evangelio y testimonian que “la misión es lo que el amor no puede callar”. Dios no es indiferente a la realidad que viven sus hijos e hijas; se compadece y les ofrece su amor en Jesucristo muerto y resucitado. La misión es el altavoz para el mundo del amor de Dios manifestado en Jesús, en su muerte y su resurrección.
Juan Martínez Saez
OMP España

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